Día Mundial de las Abejas: aprender a mirarlas
El académico de la Escuela de Ingeniería en Recursos Naturales de la Universidad Católica del Maule, Dr. Patricio Ulloa, plantea su reflexión en torno a la polinización y la necesidad de que los seres humanos miremos con mayor atención la naturaleza que nos rodea y da vida.
Cada 20 de mayo se conmemora el Día Mundial de las Abejas, una fecha que nos invita a detenernos frente a un proceso que ocurre todos los días, muchas veces en silencio y casi siempre fuera de nuestra atención: la polinización. Como académico de la Escuela de Ingeniería en Recursos Naturales de la Universidad Católica del Maule, me interesa que esta conmemoración no se quede solo en una efeméride ambiental. El Día Mundial de las Abejas es también una oportunidad para preguntarnos cómo habitamos nuestros territorios, cuánto observamos de la naturaleza que nos rodea y qué tipo de relación queremos construir con los ecosistemas que sostienen nuestra vida cotidiana.
Las abejas de miel no son los únicos polinizadores, pero su presencia tiene una fuerza simbólica muy particular. Las reconocemos desde la infancia, aparecen en cuentos, dibujos animados, documentales y materiales educativos. Sin embargo, pese a esa familiaridad, muchas veces no las vemos realmente. Sabemos que existen, sabemos que producen miel, sabemos que visitan flores, pero no siempre dimensionamos el trabajo ecológico que realizan ni la complejidad de las relaciones que sostienen con plantas, cultivos, suelos, bosques y paisajes.
La polinización es mucho más que una imagen amable de una abeja sobre una flor. Es un proceso ecológico fundamental mediante el cual el polen es transportado entre flores, permitiendo la fecundación, la formación de semillas y frutos, y con ello la reproducción de numerosas especies vegetales. La Guía de abejas nativas de la Región del Maule, desarrollada desde la Universidad Católica del Maule por el Dr. Víctor Monzón y su equipo, destaca justamente el rol de las abejas en la polinización de especies nativas y cultivos agrícolas de nuestra región, relevando además la necesidad de conocerlas para proteger sus hábitats. La abeja de miel, Apis mellifera, es la más conocida y ha sido manejada por el ser humano durante décadas por su aporte a la producción de miel, cera, propóleos, polen y servicios de polinización. Pero muchas abejas nativas son solitarias: no viven en panales, no tienen reinas ni obreras, y cada hembra construye y abastece su propio nido con polen y néctar. Esa diversidad de formas de vida es parte de la riqueza que debemos aprender a reconocer.
También es importante ampliar la mirada más allá de las abejas. Insectos no abejas —como moscas, mariposas, polillas, avispas y escarabajos— también contribuyen a la polinización de cultivos, incluso cuando hay abejas manejadas en alta abundancia. En cultivos de importancia global, se ha estimado que los insectos no abejas realizan entre un 25% y un 50% de las visitas florales.
Pensar la conservación de polinizadores no es solo proteger una especie carismática: es comprender redes ecológicas, servicios ecosistémicos, producción de alimentos, restauración de hábitats, biodiversidad funcional y sustentabilidad territorial. La polinización conecta la ecología con la agricultura, la educación ambiental con la seguridad alimentaria, y la investigación científica con decisiones cotidianas de las personas.
En lo personal, este tema también me conecta con una memoria familiar. Mi padre, apicultor y observador atento del comportamiento de las abejas, dejó un testimonio que siempre me ha parecido una lección simple y profunda sobre la observación. Relata que, en nuestro barrio en Temuco, unos vecinos jubilados se reunían habitualmente bajo la sombra de un avellano, que yo siempre observaba antes de doblar al pasaje de mi casa, repleto de abejas. Él relataba:
Ingresaba al pasaje un viernes de principio de verano, después de mis labores docentes. Ahí estaban. El gendarme, el más locuaz, me saluda y pregunta:
—Oye, Jorge, ¿tus abejas no son peligrosas?
Saludé y miré hacia arriba de sus cabezas.
—Ellas van a las flores, ese es su fin. Nada más. Vecinos, miren hacia arriba.
Estaban a la sombra de un avellano de una de las casas. Se dieron cuenta. Insólito. Ahí estaban, a treinta centímetros de sus cabezas.
Hicieron variados tipos de manifestación.
—¿Cómo no nos habíamos dado cuenta?
Y retrocedieron algunos pasos, como para protegerse. No lo podían creer: años aquí y nunca nada.
—¿Tampoco las escuchaban? —les pregunté.
—Sí. Hay zumbidos.
Nuevamente se miraron entre ellos.
Ese relato me parece valioso porque resume un problema central de nuestra relación con la naturaleza: muchas veces necesitamos aprender a mirar de nuevo. Las abejas pueden estar en un árbol florido sobre nuestra cabeza, en una enredadera, en un cerezo, en una huerta familiar, en un sitio eriazo con vegetación espontánea o en un jardín urbano. Podemos convivir con ellas sin advertirlas, hasta que alguien nos enseña a ajustar la vista. Mi padre describía cómo las abejas pasaban veloces por un sitio, doblaban con precisión y seguían su ruta hacia lugares con abundante vegetación. Lo que para un observador apurado podía parecer una simple esquina, para las abejas podía ser parte de un paisaje útil, vivo y transitado. Mi padre, en otra conversación con un vecino:
—¿Qué observa, vecino?
—Basura, malezas.
—Siga observando. No a mucha distancia. A un metro.
Se dio cuenta del paso de las abejas. Queda admirado por la velocidad que logran, y tantas.
—¿Chocarán? Pero, si todos los días paso mirando aquí —dijo.
—Ahora vea hacia el lugar de mi sitio.
Con la misma velocidad doblan en cuarenta y cinco grados, con la misma rapidez.
—¿Qué tal?
—Tengo más que contar a mis vecinos y a la familia.
Esa mirada es urgente. La conservación de polinizadores comienza por reconocer que no estamos solos en el territorio. Compartimos los espacios con organismos que cumplen funciones ecológicas indispensables. Si en primavera o verano descansamos bajo un árbol en floración, quizás estamos bajo una verdadera faena de polinización. Si vemos abejas en un jardín, un huerto o una plaza, tenemos una señal de que todavía existen condiciones que permiten sostener vida. Y si esas condiciones existen, también podemos mejorarlas.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés) recomienda acciones concretas que pueden parecer pequeñas, pero que son significativas: plantar especies atractivas para polinizadores, reducir el uso de productos químicos nocivos, proteger sitios de nidificación, mantener refugios para abejas solitarias, plantar setos y preferir alimentos producidos de forma sostenible. Esto dialoga directamente con la necesidad de promover flora nativa, diversificar paisajes agrícolas, conservar bordes vegetacionales, proteger humedales, reducir perturbaciones innecesarias y fortalecer la educación ambiental.
Desde la Escuela de Ingeniería en Recursos Naturales de la Universidad Católica del Maule, el llamado es a integrar ciencia, territorio y ciudadanía. Necesitamos formar profesionales capaces de comprender los sistemas naturales en su complejidad, pero también comunidades capaces de observar, valorar y cuidar aquello que sostiene su propia vida. Las abejas y otros polinizadores no son solo parte del paisaje: son agentes activos de la reproducción vegetal, de la producción de alimentos y de la resiliencia ecosistémica.
Este Día Mundial de las Abejas, la invitación es simple: mirar mejor. Mirar la flor, el árbol, el zumbido, la ruta de vuelo, el patio, el cultivo y el cerro. Mirar nuestra región como un territorio vivo. Porque cuando aprendemos a ver a las abejas, también aprendemos a ver nuestra dependencia de la naturaleza. Y cuando comprendemos esa dependencia, protegerlas deja de ser un gesto romántico y se convierte en una responsabilidad ecológica, alimentaria y ética.