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Columna de opinión: ¡Ojo con todo lo artificial! No solo con la IA

Dra. María Haydée Fonseca, decana de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas opina sobre las formas de artificialidad que se han instalado en nuestra vida económica, social y jurídica.

Un humano y un robot se están conectando a través de sus manos, simbolizando la interacción entre la tecnología y la humanidad.
13 de julio de 2026

En su encíclica Magnifica Humanitas, el Santo Padre León XIV nos invita a custodiar a la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial y a discernir qué humanidad estamos construyendo. Por tanto, junto a esta invitación, nos llama a cuidarnos también de todas las formas de artificialidad que se han instalado en nuestra vida económica, social y jurídica.

Consumos artificiales. Consumos que no responden a necesidades auténticas, sino a deseos fabricados y constantemente renovados. Consumos que no son críticos, que no cuestionan quién lo produjo, en qué condiciones laborales, qué recursos naturales fueron utilizados, qué comunidades resultaron afectadas y qué ocurrirá cuando deje de ser útil. Consumos que ocultan sus costos sociales y no toman en consideración los límites del planeta. Consumos que simulan hacerse cargo de lo ambiental con una simple modernización ecológica, limitada a preocuparse por cambiar envases, incorporar sellos verdes o introducir innovaciones marginales, sin exigir cambios en los modelos de producción y distribución. Consumos que no se hacen cargo del cuidado de la Casa común ni de la responsabilidad hacia las generaciones futuras.

Crecimientos artificiales. Crecimientos que nos hacen creer que una sociedad está mejor solo porque produce y transa más, aunque persistan desigualdades profundas, empleos precarios, endeudamiento y falta de tiempo para cuidar y compartir. La encíclica nos recuerda que una economía puede crecer sin que crezca la dignidad de las personas. Puede aumentar la riqueza total mientras sus beneficios se concentran, se debilitan los vínculos comunitarios y se destruyen los ecosistemas que sostienen la vida. Crecimientos artificiales que ponen en el centro la acumulación de bienes y no a las personas, sus derechos, la diversidad de los pueblos ni sus modos de vivir. Por eso, el Papa plantea la necesidad de superar los parámetros de desarrollo anclados casi exclusivamente en el Producto Interno Bruto y nos invita a potenciar crecimientos verdaderos que tengan como horizonte el desarrollo humano integral.

Comunicaciones artificiales. Comunicaciones que multiplican las interacciones, los mensajes y las reacciones, pero no producen encuentro. Comunicaciones aceleradas y efímeras. Comunicaciones mediadas por algoritmos que refuerzan nuestros prejuicios, esquivando el intercambio con quien piensa distinto, y nos llevan hacia la pérdida de nuestra capacidad humana de dialogar y de llegar a acuerdos amplios, tan necesarios para la construcción de un verdadero proyecto común. Comunicaciones editadas por la inteligencia artificial, a la que estamos delegando cada vez más las tareas de redacción, y con ello, poco a poco, perdemos nuestra capacidad de expresarnos, de encontrar la palabra precisa en el momento oportuno. Sentimos que la IA nos ayuda a expresar mejor lo que queremos decir, “más amable”, “más formal”, “más académico”, y, en efecto, logramos en segundos un mensaje mejor escrito; pero, si después no tengo ese filtro, ¿podré expresar adecuadamente lo que mi corazón quiere comunicar?

Cumplimientos artificiales. Cumplimientos en instituciones públicas o privadas, con o sin fines de lucro, que, absortas en superar los indicadores, pierden el horizonte. El problema aparece cuando dichos indicadores dejan de ser instrumentos y se convierten en fines. Entonces ya no importa tanto transformar una realidad como obtener una cifra favorable; no importa el valor social del trabajo, sino la cantidad de productos generados. Medir es necesario, pero también lo es preguntarnos si estamos midiendo aquello que verdaderamente importa. Los cumplimientos son artificiales cuando carecen de sentido y nos sumergen en una ceguera que nos impide recordar para qué hacemos lo que hacemos, a quién servimos y qué bien concreto estamos llamados a construir.

Hay, finalmente, vidas artificiales. Vidas obligadas a exhibir éxito, bienestar y plenitud mientras esconden cansancio, fragilidad, exclusión o soledad. Vidas preocupadas por registrar y publicar cada experiencia, pero con dificultades para habitarla. Vidas que confunden aprobación con afecto, contactos con amistad y visibilidad con reconocimiento. Vidas que no logran disfrutar del “presente”, con su doble significado temporal y de obsequio. Vidas enajenadas y cosificadas que han perdido la capacidad de sorprenderse y amar.

El mayor riesgo no es que las máquinas lleguen a parecerse demasiado a los seres humanos. De hecho, convendría dejar de afirmar que el Santo Padre nos pide “hacer a la IA más humana”, como tristemente he leído en algunos titulares. Nada más alejado de su verdadero mensaje. Lo que el Papa nos recuerda es, precisamente, que solo las personas pueden ser humanas, y nos llama a resguardar ese don.

Porque, aunque la humanidad es un rasgo propio de nuestra condición, también podemos debilitarla cuando caemos en lo superficial, cuando cedemos el centro a la artificialidad, cuando menospreciamos nuestra propia dignidad y cuando esa obstinada búsqueda de eficiencia termina dañando o destruyendo la Creación, esa magnífica obra de Dios que abraza la naturaleza y la humanidad que nos ha confiado. Por eso, desde las ciencias sociales, económicas y jurídicas, en la Universidad Católica del Maule, nos sumamos a esta reflexión y ponemos a disposición nuestro trabajo académico, desde la investigación, la vinculación con el medio y la docencia, para contribuir a la construcción de un proyecto común que ponga la tecnología al servicio de la protección de la Creación, de la vida que compartimos y de la dignidad humana que estamos llamados a custodiar.

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