Columna de Opinión: Jugar también es una decisión pedagógica
Por Judith Katherinne Correa Araya, Presidenta del Centro de egresadas de Educación Parvularia de la Universidad Católica del Maule.
Cada 28 de mayo se conmemora el Día Internacional del Juego, una fecha que invita a reflexionar sobre el rol que cumple el juego en la infancia y, especialmente, sobre cómo se está abordando actualmente en jardines infantiles y establecimientos educacionales. Durante años, el juego fue entendido principalmente como una instancia de recreación o descanso dentro de las experiencias educativas. Sin embargo, hoy existe creciente evidencia desde la educación, la neurociencia y el desarrollo infantil que demuestra que jugar constituye una de las formas más significativas de aprendizaje durante la infancia.
En ese contexto, surge una pregunta relevante para las comunidades educativas: más allá de si los niños y niñas están jugando ¿a qué los estamos invitando a jugar?
Entendiendo que cada experiencia lúdica propuesta dentro del espacio educativo comunica una forma de comprender la infancia, el aprendizaje y el desarrollo humano. El juego no es neutro; detrás de él existen decisiones pedagógicas, intenciones formativas y oportunidades concretas de potenciación.
Desde perspectivas pedagógicas clásicas y contemporáneas, el juego ha sido reconocido como un eje fundamental del desarrollo infantil. El juego permite que niños y niñas construyan conocimiento a través de la exploración activa y la interacción con el entorno, favoreciendo procesos de asimilación y comprensión del mundo (Piaget). El juego cumple un rol esencial en el desarrollo social y simbólico, ya que permite avanzar hacia niveles superiores de pensamiento mediante la interacción, la imaginación y el lenguaje (Vygotsky). En enfoques como Pikler y Waldorf han destacado la importancia de ofrecer tiempos, espacios y materiales que favorezcan un juego libre, autónomo y respetuoso de los ritmos infantiles. En la actualidad, la neurociencia ha aportado evidencias del impacto del juego en el desarrollo cerebral, señalando que las experiencias lúdicas favorecen conexiones neuronales vinculadas al lenguaje, la memoria, la resolución de problemas, la creatividad y la regulación emocional. Cuando los niños/as juegan, no solo se entretienen: están desarrollando habilidades fundamentales para adaptarse, relacionarse y comprender el mundo que los rodea.
Hoy, en un contexto marcado por la rapidez, la hiperestimulación y la constante presencia de pantallas, el desafío educativo no consiste únicamente en incorporar actividades lúdicas dentro del aula, sino en generar experiencias que permitan explorar, imaginar, crear, resolver problemas, interactuar y construir sentido desde la experiencia. Esto implica preguntarnos también por la calidad y profundidad de las propuestas pedagógicas que ofrecemos en la infancia, ¿Existen espacios reales para el juego libre y la creatividad?, ¿Qué lugar ocupa la curiosidad dentro de las prácticas educativas actuales?, ¿Estamos promoviendo experiencias abiertas que permitan pensar y descubrir? Estudios han demostrado que el juego favorece procesos complejos como la autorregulación emocional, el pensamiento crítico, el desarrollo del lenguaje y la capacidad de adaptación. Además, permite que niños/as elaboren experiencias, expresen emociones, ensayen roles sociales y construyan vínculos significativos con otros.
Desde la educación parvularia, repensar el juego implica también reconocerlo como un derecho de la infancia y como una herramienta pedagógica intencionada, capaz de transformar experiencias educativas y acompañar de manera más respetuosa los procesos de aprendizaje y desarrollo. El rol de los equipos educativos no es dirigir constantemente el juego, sino generar ambientes enriquecidos, desafiantes y emocionalmente seguros que permitan a niños y niñas desplegar sus capacidades de manera activa y autónoma.
La invitación es a mirar el juego más allá del entretenimiento y comprender que, en educación, jugar también es una decisión pedagógica. Una decisión que refleja cómo entendemos la infancia, qué aprendizajes consideramos valiosos y qué tipo de experiencias queremos ofrecer a las nuevas generaciones.