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Columna de Opinión: Acreditación y Pentecostés

Presbítero y Dr. Mauricio Albornoz Olivares, decano de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas.

Una paloma blanca sobre un fondo amarillo con una textura de tul anaranjado.
20 de mayo de 2026

El domingo 24 de mayo, la Iglesia celebra la solemnidad de Pentecostés. En el Antiguo Testamento, esta fecha era conocida como la “fiesta de las semanas” y se festejaba siete semanas después de la cosecha de los primeros frutos (Lv 23, 15-21). Al equivaler estas siete semanas a cincuenta días, la festividad recibió más tarde el nombre de Pentecostés, que significa justamente; cincuenta. Según el libro del Éxodo (Ex 34, 22), se celebraba al término de la cosecha de la cebada y antes de comenzar la del trigo, coincidiendo casi siempre con el mes judío de siván (equivalente a nuestro periodo de mayo o junio).

En el marco de esta tradición judía, el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad (Hch 2, 1-4), consolidando al Pentecostés como una festividad cristiana de primera categoría (Hch 20, 16; 1 Cor 16, 8). No se trata de una fiesta aislada en honor exclusivo al Espíritu; por el contrario, la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo, constituyen un mismo acontecimiento que, aunque distinguimos litúrgicamente, se identifica con una única realidad. 

El cristianismo primitivo lo entendió con claridad. Bajo la acción del Espíritu y sus dones, la comunidad creyente trascendió sus intereses particulares para buscar el bien común. Así, en medio de la pluralidad que la caracterizaba, la comunidad logró consolidar una misma comprensión en un mismo espíritu (Hch 2, 6-12; Fil 2, 4-11). 

En nuestra Universidad, en vísperas de ir consolidando nuestro proceso de acreditación institucional, somos invitados a fijar la mirada en lo colectivo para superar las búsquedas individuales, tan propias de las estructuras modernas. El individualismo, que a menudo nos agobia, tiende a opacar el don de la unidad, el cual resulta determinante para nuestra acreditación: es hora de mirar el conjunto, de acoger con orgullo lo que somos y de conducirnos a partir de nuestro Informe de autoevaluación institucional, por un mismo espíritu, que haga posible un discurso claro, coherente y comprensible para todos y todas.

Que la solemnidad de Pentecostés sea un preámbulo inspirador para nuestros desafíos institucionales, permitiéndonos vislumbrar el horizonte compartido y valorar la comunidad que hemos construido. Que todos y todas, cada uno desde su rol, nos escuchemos en nuestra propia lengua (Hch 2,6) y manifestemos la unidad que nos constituye, para que resuene, al unísono, un mismo espíritu institucional, aquel que hemos plasmado en nuestro Informe, y que hacemos nuestro como una pequeña imagen de la solemnidad de Pentecostés.

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