Académica UCM destacó herencia ecocultural, biodiversidad y comercio justo de apicultura maya en Yucatán, México
La Dra. Ximena Quiñones, académica de la Escuela de Agronomía de la Universidad Católica del Maule, conoció in situ la apicultura maya en el marco del proyecto Fondecyt “Tipologías rurales basadas en ecoculturas: un enfoque novedoso para una comprensión sustentable del Chile rural”. A continuación, sus reflexiones en torno a esta experiencia en su reciente viaje.
La península de Yucatán, en México, es un nodo ecológico único que alberga ecosistemas complejos, abundantes en especies vegetales y animales, entre ellas varias de carácter endémico. Allí, bajo el suelo donde florece una selva exhuberante, se encuentra una de las reservas de agua dulce mas importantes del mundo. En esta selva calurosa y húmeda, se desarrolló la cultura maya a partir del segundo milenio antes de Cristo, con una agricultura en cuyo centro estaba la producción de maíz, acompañado por calabazas, frejoles, ají y yuca como alimentos esenciales. Además, existía un comercio dinámico entre pueblos del interior, costa, norte y sur de la península. Algunos productos agrícolas comercializados eran las semillas de cacao, que incluso se utilizaban como moneda de cambio, el algodón y la miel. La miel era producida por la abeja nativa Melipona beecheii Bennett, domesticada en tiempos prehispánicos y llamada en lengua maya Xunáan kab (“señora abeja”). La señora abeja, criada en troncos huecos de árboles, produce una miel muy concentrada en compuestos medicinales, y representa una entidad sagrada para la tradición maya.
A mediados del siglo XIX colonos y comerciantes que se establecen en Yucatán, introducen la abeja Apis mellifera Linnaeus, originaria del Viejo Mundo. Paulatinamente, esta abeja es adoptada por apicultores locales debido a su mayor rendimiento en miel. Un siglo más tarde, en la década de 1980, la organización de la sociedad civil EDUCE (Educación, Cultura y Ecología A. C.), promueve la coordinación de cientos de apicultores, mayoritariamente mayas, para formar una Cooperativa cuyo objetivo es producir y comercializar miel de Apis mellifera directamente en los mercados de destino, evitando los intermediarios y con ello obteniendo un mejor precio. En 1989 la Cooperativa logra su certificación en Comercio Justo y en 1999 en producción orgánica. Con estos sellos y la excelente calidad de la miel de Yucatán, llega al mercado de Europa donde es altamente demandada. Pero, el valor de esta miel no sólo está en su contenido nutritivo y precio, sino en el modelo de producción y comercialización basado en la herencia ecocultural maya, tanto en lo relativo al cuidado de los apiarios, como en la conservación de la flora nativa que alimenta a las abejas, así como en la colaboración entre personas, familias y comunidades para obtener este valioso alimento, proteger la biodiversidad, y generar ingresos para las familias.
Entrar en la selva yucateca a visitar apiarios es una experiencia que conmueve, allí en medio del zumbido de las abejas, del aroma al suelo húmedo, observando los innumerables colores de una vegetación vigorosa y abundante, y escuchando el sonido del idioma maya, hablado por los apicultores, se puede percibir la enormidad de una herencia ecocultural. Mas allá de las definiciones teóricas o los debates académicos en torno a cómo proteger la biodiversidad, la apicultura maya entrega lecciones prácticas y profundamente humanas sobre comunidades que habitan en entornos ricos en diversidad, que necesitan ingresos para satisfacer sus legítimas necesidades materiales, y que han construido una cadena de valor sobre principios éticos y ambientales arraigados en su cultura tradicional. Para que esta cadena de valor se sostenga en el tiempo, es imprescindible que exista una sociedad civil capaz de valorar el trabajo de los apicultores, las abejas y la naturaleza, así como, también son necesarios sistemas de certificación confiables.
Estos elementos son, quizás, las lecciones de aplicación práctica más urgentes que requiere nuestra propia apicultura: primero, una sociedad civil consciente del valor de las abejas para los ecosistemas naturales, así como para la producción de alimentos. Segundo, se requieren consumidores que paguen un precio justo por el esfuerzo que realizan los apicultores para obtener la miel, y que sean capaces de distinguir la miel verdadera de aquellos productos adulterados que se comercializan en el país. Tercero, se deben realiza esfuerzos institucionales y gremiales genuinos para construir y respaldar sistemas de certificación de la calidad ética, ambiental y nutricional de los productos apícolas.
Finalmente, una lección para el trabajo científico de campo es el valor irreemplazable del diálogo con las personas quienes manejan los recursos naturales, suelos, aguas, vegetación, insectos, animales, para comprender in situ, al menos una parte de la herencia ecocultural que les permite vivir de esos recursos, conservarlos y legarlos a las nuevas generaciones. En el caso particular de mi visita a los apiarios de la comunidad de Chan x-cail (que significa pez pequeño, por la forma del cenote ubicado en el centro del pueblo), en el estado Yucatán, agradezco los diálogos con Miguel Munguía, Representante de la Cooperativa EDUCE, y con Efraín Poot y Oscar Poot apicultores y certificadores orgánicos, quienes me enseñaron una parte de la historia de su pueblo maya.