A los 60 años del fallecimiento de mons. Manuel Larraín: Una Iglesia que se deja interpelar
Columna de opinión del Pbro. José Ignacio Fernández Saldías, Capellán General de la Universidad Católica del Maule.
El recién pasado 22 de junio nos trajo a la memoria el trágico accidente automovilístico en el cual hace 60 años fallecía el obispo Manuel Larraín Errázuriz ¿Quién era este hombre a quién los obispos del continente habían elegido como Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) un par de años antes de su muerte? ¿Qué provocó que el Presidente de la República viajase a Talca junto a todo su gabinete para sus exequias y que, a la vez, los pobres y campesinos de la Región del Maule lo lloraran como a un padre? Quisiera sólo recordar algunas de sus iniciativas. “Por sus frutos los conocerán”, había dicho su Maestro.
El obispo Larraín, mientras dedicaba su vida a la organización de la naciente Diócesis de Talca, recibió la misión de conducir la Acción Católica chilena y, a continuación, la de toda América Latina. Esta experiencia le permitió reconocer que la historia común de los pueblos que habitaban el continente otorgaba a la Iglesia católica local un rostro y desafíos pastorales propios. Las dinámicas originales tanto chilenas como latinoamericanas, lo impulsaron a promover la cooperación de entre los obispos locales, trabajando por el establecimiento de instancias que los reuniesen, de modo que hicieran frente a la misión subsidiariamente. Este proceso, no exento de tensiones al interior de la Iglesia, condujo en los años 50 del siglo XX a la conformación tanto de la Conferencia Episcopal de Chile como del Consejo Episcopal Latinoamericano. Éste último fue el primero en el mundo de nivel continental y del cual Larraín, junto a su amigo el obispo brasilero Helder Cámara, fue fundador.
Con su mirada compasiva, don Manuel comprendió que la acción pastoral de la Iglesia debía partir de las realidades concretas de cada lugar y tiempo. En consecuencia, pudo reconocer que en ocasiones la gestión pastoral de la Iglesia Católica de Chile estaba “dando palos de ciego” al desenvolverse sin “conocimiento exacto de nuestra realidad” (Carta al Sr. Nuncio Apostólico, mons. Piero Baggio, 1955) y llegó a la conciencia de que “una pastoral adaptada y coordinada” era para la Iglesia “el problema más agudo de América Latina” (Carta al Secretario General del CELAM, mons. Julián Mendoza, 1960). Atendiendo a la realidad, defendió la necesidad de creación de sindicatos católicos de campesinos y una distribución de la tierra más justa -iniciando un plan piloto de reforma agraria con un fundo del Obispado de Talca-, ya que comprendía que “detener este movimiento es tan difícil como detener la historia. Lo que podemos, y debemos hacer, es darle una orientación cristiana” (Carta a don Armando Fuenzalida, 1954). Asimismo, se ocupó de las carencias educativas de la región, favoreciendo la llegada de congregaciones religiosas dedicadas a la educación de los desfavorecidos al país y estableciendo la Escuela Normal Experimental de Talca, para la formación de profesores con foco en el mundo rural, institución que dará origen a la actual Universidad Católica del Maule.
No es posible abarcar aquí los innumerables frutos de la vida de mons. Manuel Larraín. Sin embargo, tampoco podemos dejar de señalar su férrea defensa de la libertad de los católicos en política, que impidió la disolución de la Falange Nacional, y permitió a aquellos jóvenes de los años cuarenta avanzar en su búsqueda de una mayor fidelidad al magisterio social de la Iglesia.
En estos hechos se refleja que don Manuel Larraín fue a la vez figura de la sociedad y obispo de la Iglesia, servidor de la humanidad y anunciador del Reino de Dios, hombre de su tiempo y discípulo de Jesucristo. Estos binomios se dieron en su vida con nitidez y unidad inseparable, de modo que en este obispo las realidades trascendentes y las terrenas se unieron para ofrecer un testimonio original del Evangelio. Los desafíos actuales de la humanidad, especialmente aquellos vinculados a la revolución digital, hacen que figuras como mons. Larraín puedan seguir inspirando a las nuevas generaciones y, a su vez, favorecen que la Iglesia pueda “reconocer en las interrogantes y los desafíos de la época actual el ámbito en el cual ejercer su vocación a la escucha, al diálogo y al servicio, dejándose interpelar por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy” (Papa León XIV, encíclica Magnifica Humanitas).