SAN AGUSTÍN DE HIPONA

SAN AGUSTÍN
HOMBRE BUSCADOR DE LUZ Y MENDIGO DE AMOR

Agustín nace en Tagaste (en el norte de África), en el año 354. Su padre, llamado Patricio, era pagano, y su madre, Mónica, era cristiana y será ella quien, con sus constantes oraciones, llevará a su marido y a su hijo a la conversión. Agustín, sin haber sido bautizado, recibe de niño una educación cristiana. Tiene el fuego pasional en las venas, heredado de su padre, y la sensibilidad y la inteligencia de su madre: dos características que lo llevan, siendo adolescente y joven a errores intelectuales y desorientaciones morales.
Al comprobar las grandes capacidades intelectuales de su hijo, sus padres se sintieron obligados a darle una formación superior, cosa que pudo hacerse realidad gracias a la ayuda de un benefactor. Fue así como Agustín, después de terminar los estudios elementales y medios, con sólo 17 años fue enviado a Cartago, para dedicarse al estudio de la Retórica. La lectura del “Hortensio”, de Cicerón, despertó en su alma la sed por el conocimiento de la verdad. Comenzó entonces su larga peregrinación por diversas escuelas y sectas, que fue abandonando porque ninguna de ellas daba una respuesta convincente a sus preguntas. Pasó del maniqueísmo al escepticismo, y de aquí a la filosofía platónica, que le preparó intelectualmente para recibir la luz de la fe. Se hallaba entonces en Roma donde se había establecido en
el año 383, por motivos de trabajo. Al año siguiente fue llamado a Milán, para ocupar un puesto como maestro de Retórica. Por entonces ya había muerto su padre, de modo que su madre y sus hermanos le siguieron hasta Italia.
Los años de Milán fueron decisivos para la conversión de Agustín. La predicación de San Ambrosio, con su exégesis alegórica, le hizo descubrir las grandes verdades encerradas en la Sagrada Escritura, a la que hasta entonces había tenido en poca consideración porque su estilo literario le parecía muy pobre en comparación con el de los grandes escritores griegos. El golpe definitivo lo recibió mientras meditaba en el jardín de su casa, cuando al abrir las Escrituras obedeciendo a la voz de un niño que cantaba tolle, lege (“toma y lee”), tropezó con el texto de San Pablo a los Romanos (13, 13-14) en el que el Apóstol invita a dejar de una vez el hombre viejo para revestirse de Cristo. Inmediatamente se trasladó a la hacienda de un amigo suyo, para prepararse bien al Bautismo, que recibió en la Vigilia Pascual del año 387. Desde ese momento, decidió dedicar todas sus energías al servicio de Dios y regresó a su patria. Durante el viaje, en Ostia, falleció santamente su madre, por lo que Agustín, de vuelta a Tagaste, en unión con un grupo de amigos, comenzó una vida de tipo monástico. Pero la Providencia tenía otros planes. En el año 391, inesperadamente, el Obispo Aurelio y el pueblo de Hipona le exhortaron a recibir el sacerdocio. Agustín condescendió. Cuatro años después, el mismo Aurelio lo consagró como obispo y sucesor suyo.
Su actividad episcopal estuvo en gran parte dirigida a defender la fe contra diversas herejías, como el maniqueísmo, el donatismo y, al final de su vida, el pelagianismo. Para combatir estos errores redactó sus más grandes tratados. Además, aplicó su preclara inteligencia al estudio de otros dos grandes temas (la vida íntima de Dios y el sentido profundo de la historia), dando origen a los tratados de Teología y Filosofía sobre “La Trinidad” y “La Ciudad de Dios”. En las “Confesiones” nos ha dejado una autobiografía que constituye una plegaria de agradecimiento a Dios. “Los Soliloquios” constituyen una encendida conversación del alma con su Señor.
La influencia de San Agustín en la historia del pensamiento ha sido enorme. Pero, sin dejar de ser nunca un gran pensador, lo que ocupó verdaderamente su vida fue la labor de las almas. San Agustín es ante todo un Pastor, que se siente y se define como “siervo de Cristo y siervo de los siervos de Cristo”, y lo vive en sus consecuencias extremas: plena disponibilidad para el servicio de los fieles, oración constante por ellos, amor a los que están en el error, aunque éstos no lo quieran o incluso le ofendan... Este aspecto de su personalidad se refleja admirablemente en las homilías, fruto de su ininterrumpida predicación durante casi cuarenta años. La biblioteca de Hipona debía conservar muchísimas, quizás tres o cuatro mil, de las que una gran parte, probablemente sin revisar por el autor y sin publicar, se han perdido. Sus homilías son de un gran contenido, pues abarcan todos los temas de la doctrina y de la vida cristiana, y sirven de comentario a sus grandes obras dogmáticas y exegéticas. Constituyen un modelo de argumentación, clara y profunda, vivaz e incisiva, que tiene la virtud de poner al pueblo cristiano en contacto inmediato con las escenas del Evangelio, de las que se extrae siempre una aplicación práctica para la vida diaria. San Agustín murió el 28 de agosto del año 430, en Hipona, cuando los vándalos se encontraban a las puertas de la ciudad. La muerte le encontró, como siempre, ocupado en el cuidado de su grey y en la defensa y exposición de la fe católica.
ALGUNOS ESCRITOS

1. "Vete al Señor mismo, al mismo con quien la familia descansa, y llama con tu oración a su puerta, y pide, y vuelve a pedir. No será Él como el amigo de la parábola: se levantará y te socorrerá; no por aburrido de ti: está deseando dar; si ya llamaste a su puerta y no recibiste nada, sigue llamando que está deseando dar. Difiere darte lo que quiere darte para que más apetezcas lo diferido; que suele no apreciarse lo aprisa concedido". Sermón 105
2. "Vergüenza para la desidia humana. Tiene Él más ganas de dar que nosotros de recibir; tiene más ganas Él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias". Sermón 105
3. "La oración que sale con toda pureza de lo íntimo de la fe se eleva como el incienso desde el altar sagrado. Ningún otro aroma es más agradable a Dios que éste; este aroma debe ser ofrecido a él por los creyentes". Comentario sobre el Salmo 140
4. "Si la fe falta, la oración es imposible. Luego, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe" Catena Aurea
5. "Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros". La ciudad de Dios, 20, 22
6. "Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón". Carta 130, a Proba
7. "Con objeto de mantener vivo este deseo de Dios, debemos, en ciertos momentos, apartar nuestra mente de las preocupaciones y quehaceres que de algún modo nos distraen de él, y amonestarnos a nosotros mismos con la oración vocal; no vaya a ocurrir que nuestro deseo comience a entibiarse y llegase a quedar totalmente frío, y, al no renovar con frecuencia el fervor, acabe por extinguirse del todo" Carta 130, a Proba
8. "Lejos de la oración las muchas palabras; pero no falte la oración continuada, si la intención persevera fervorosa. Hablar mucho en la oración es tratar una cosa necesaria con palabras superfluas: orar mucho es mover, con ejercicio continuado del corazón, a aquel a quien suplicamos, pues, de ordinario, este negocio se trata mejor con gemidos que con discursos, mejor con lágrimas que con palabras". Carta 121, a Proba
9."Haz tú lo que puedas, pide lo que no puedes, y Dios te dará para que puedas" Sermón 43, sobre la naturaleza y la gracia .
10. "Si vas discurriendo por todas las plegarias de la Santa Escritura, creo que nada hallarás que no se encuentre y contenga en esta oración dominical (Padrenuestro)" Carta 130, a Proba